Cine Splendid: El horror y la más adecuada analogía sobre la sociedad paraguaya

La co-producción paraguayo-brasilera estrenaba el pasado viernes en el Teatro de las Américas, asistimos a una de las funciones y te contamos nuestra opinión sobre esta obra que desempolva la memoria y el presente.

Esta es una reseña extendida, pueden leer la versión reducida aquí

Son pocas las veces en las que nos encontramos con piezas tremendamente necesarias en nuestra sociedad, las cuales te dejan reflexionando y te animan a desarrollar una mirada muy distinta de algo que ya creías conocer y hasta puede poner el foco en detalles de la misma actualidad que se nos escapan.

Una aclaración necesaria de hacerse es que aunque la obra se llama Cine Splendid, no se centra en el conocido (y no tanto) caso del asesinato, en lo que fue uno de los cines céntricos más concurridos de la época, sino que éste fue el punto de partida para la creación del escenario donde se construye esta obra, la época, y en fin, el contexto de la historia, donde el cine es protagonista al ser el lugar de encuentros por excelencia de la sociedad paraguaya de clase media en los 60, donde se reúnen todos estos “espectadores”.

Alguien entra al Cine Splendid y mata a una persona, nadie sabe que fue realmente lo que pasó y el caso queda en el oparei, hasta años después con la apertura del archivo del terror cuando se sabe que el asesinado fue el polaco Pedro Prokopchuk, a mano del croata Batrick Kontic, ambos informantes de la policías de diferentes jefes o como se los llamaba, Pyragues.

La pieza presenta lo que podría ser una de las más adecuadas analogías sobre la sociedad paraguaya de hoy ayer y siempre, desarrollándose en la década de los 60, con detalles muy pertinentes como los objetos, una radio, diferentes sillas, una lámpara y el vestuario con una paleta de colores con una tendencia a sepia, cálidos, terrosos pero con una saturación baja o llevados hacia el gris. El “espectador” es el foco principal de la obra, y no hablamos de la platea, sino que todos los personajes son espectadores, todos son personas convencionales, tan poderosas y pasivas al mismo tiempo, con ganas de disfrutar de una película de terror, hablando de temas tan cotidianos para ese momento pero que terminan dándote más miedo que cualquier película.

El cine, además de ser un lugar dentro de la obra, también brinda un lenguaje y una estética muy particular y potente, sumamente coherente a la puesta, presente especialmente en la iluminación propuesta de la dirección de Pablo Lamar y el brasileño Ricardo Alves Jr., donde todo parte desde el escenario como caja negra, mínimos elementos escenográficos que se van revelando con las luces que van tomando formas diferentes, haciendo alusión a los planos cinematográficos, primero, medio, general, etc., utilizando diversas referencias de terror como las sombras tenebrosas en la pared o colores que representan lo sobrenatural.

Junto a este trabajo de iluminación se nota un gran trabajo de coreografía y precisión, en cuanto a las posiciones y momentos en los cuales se deben de realizar las diferentes acciones y es que, cuando alguno de los actores no está realizando una acción específica, directamente va al fondo del escenario y se transforma en un espectador más, callado y presente, que mira sin hacer ruido todo lo que pasa en escena.

Las músicas muy cercanas a esos años, y ruidos muy reconocibles como la “Polca del General” o  la voz del coloradismo, con un trabajo de sonido envolvente y  unos comerciales antiguos presentados por los mismos intérpretes que recuerdan a algunos anuncios argentinos clásicos, con un estilo tan marcado en cuanto a la dicción y sus inflexiones, que hasta ahora se pueden escuchar en programas como el de Mirtha Legrand.

No nos sorprendió leer una crítica un poco negativa sobre la obra, realizada por una periodista Brasileña, y de alguna forma la entendemos, es tan sólo que la obra esconde cosas demasiado nuestras, demasiado Paraguayas, cosas que guardamos en nuestra memoria popular, cosas que tal vez incluso alguno de nosotros no podría reconocer por tantos años de censura y Ñembotavy (hacerse los desentendidos), haciendo como si fuera que nada de esto pasó o que ni siquiera fue tan grave.

El trabajo de la dramaturga Sara Pinheiro para fundirse con nuestra sociedad es algo muy sorprendente al ser extranjera, aunque el mismo libreto fue mutando según mencionaban los actores, pero la obra llega a hacerte incluso un croquis del barrio en el que se ubicaba el Cine Splendid, hasta llegar a la comisaría 3ra y la Técnica (ex sala de torturas) zona que agrupa todas las situaciones con sus diferentes personajes, uno más convencional que el otro, o particulares que pretenden ser convencionales.

La obra exige que te mantengas con un alto grado de concentración en los detalles y situaciones que aparecen de forma separada y que se van uniendo minuto a minuto conforme avanza, con momentos diferentes, entre narraciones e interpretación directa, muy bien determinados por el uso de los lentes oscuros de “espectador” y el cambio de tono en la actuación, para realzar los mensajes, pasando de forma concisa por la parodia, muy “teatral” y de movimientos exagerados, sonrisas y movimientos coreografiados ligados, hasta el clímax, de escenas muy íntimas y orgánicas que te hiela la sangre en un trabajo de interpretación muy destacable de estos cuatro jóvenes actores cuyos nombres se van repitiendo bastante en las producciones locales.

Diego Mongelos modifica su expresión facial, y con un andar encorvado, pasos lentos, ligeros y la impostación de la voz en las penumbras lo convertían en un anciano fatigado demasiado creíble sin ningún tipo de caracterización externa. Diro Romero, desfigura su rostro con sus manos en un gesto de grito horrorizado que combinado con la luz utilizada, genera una imagen tan cinematográficamente reconocible de las películas antiguas, además de tener la escenas más emocionalmente asfixiante que apunta a llevarte directo a las lágrimas. Natalia Santos, interpreta entre otros personajes a una madre que refleja en sus ojos un profunda tristeza y ternura, por último, Guadalupe Lobo, quien es la que mejor quiebra la cuarta pared, hablando directamente al público, explicando algunos de los detalles impactantes de la obra.

Pero lo más sorprendente de todo sin duda es la gran cantidad de mensajes que deshila la pieza desde nuestro pasado y para nuestro presente, a partir de este teatro de la memoria,  desde donde se toca el día a día de los ciudadanos asuncenos, hasta los hitos más conocidos de la época como la caperucita, la técnica, la bañera, la violencia y el colorado, que toman una forma muy palpable y que es muy fácil relacionarlas con los anuncios que últimamente aparecen de los Lince o los pañuelos que siguen hoy más que nunca con el recién electo presidente y nosotros seguimos como espectadores, cosa que nos cae como balde de agua fría cuando salís al teatro y justo esa noche se da otro deplorable espectáculo en el congreso decidiendo el nuevo presidente del mismo.

Una obra que te despierta varias emociones y varias preguntas, la que más resuena en nuestra mente es ¿Cómo es que con todo lo que pasó la mayoría seguimos siendo solo simples espectadores? ¿O es justamente por lo que pasó?

La obra continua con sus ultimas funciones este fin de semana los viernes y sabados a las 21 hs y domingos a las 20 hs en el Teatro de las Americas con entradas a 70.000 Gs.

Cien Splendid

Vie  21 hs • Sab 21 hs • Dom 20 hs

Teatro de las Americas

65.000 Gs.

45.000 Gs. Estudiantes

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